Para Pilar, mater in fortitudine
Hoy, en tierras de influencia catalana como estas, los caballeros enamorados tienen una segunda oportunidad: a los que fallaron en san Valentín les espera San Jorge para infundirles coraje. Tiene que haberlo para cruzar el primer umbral de la aventura de la vida de dos almas que, sabiéndose distintas, desean ocupar un solo cuerpo en el que, Dios mediante, se producirá la alquimia de la unión espiritual. Qué mejor pasaporte al territorio aún imaginario de su mundo protector, el del hogar, que una rosa sangre —en tiempos, con sus espinas, fragante y bendecida―; lo contrario es dragón.
Eso es lo que no ha entendido la polémica hodierna que no quiere ni oír hablar de san Jorge en el día del libro. Para empezar, qué sería del menester de la mayor parte de los escritores (incluyendo los dos de que se hace memoria en particular, Cervantes y Shakespeare) si no fuera, precisamente, por el tema que le proporciona su leyenda, el amor que se sobrepone a todo obstáculo. El libro es un advenedizo en el amor (y en la fe que lo reconoce), como lo es en el día que los celebra (no llega a cien años la coincidencia, aunque la celebración decana del libro, la española, cumpla ahora el siglo). Pero, además, qué es un libro como regalo, sino la prolongación de la conversación en el milagro de la amistad (un alma que habita en dos cuerpos), ocasión para profundizar en el conocimiento propio, que lo es también del otro físico, el que nos lo regala.
Por el contrario, el ingenio popular ha visto desde siempre el íntimo vínculo de ambos supuestos (el deseo del cuerpo por terminar aunando dos almas y el del alma que se desvive por cuidar de dos cuerpos), sin lo cual parece imposible que la fecha gozara hoy la salud de que goza tras el tiempo pasado. Así que nosotros, en vez de dejarnos llevar por la contraria manía ―no menos antipopular y dirigista― pirómana y bibliófoba hacia quien más bien es digno de compasión, queremos celebrar ambos desde este hospital de libros que es también una biblioteca, en el que se ejerce un amor más bien físico por ellos, trayendo a la vista de nuestros lectores amigos ―y quién sabe si a los ojos de la amada― un ejemplar del pequeño fondo de Mosén Alcover de la biblioteca del Colegio de La Sapiència, que en la actualidad se encuentra en proceso de inventario.
Por su contenido, el volumen no tiene nada de excepcional. Se trata de una colección de doce novelas en inglés de autores de la segunda mitad del XVIII y principios del XIX (Johnson, Irving, Walpole, madame Cottin, Clara Reeve…) más el volumen de las obras completas de Benjamin Franklin. Todas impresas con ocasionales ilustraciones por el rey de la edición popular, John Limbird (+1883) entre 1823 y 1825. Es un volumen que sorprende encontrar en esa biblioteca. Sin embargo, se explica espiritualmente como testimonio de una amistad: la que se dio entre nuestro canónigo y el diplomático, egiptólogo y bibliófilo catalán Eduardo Toda (+1941). Suyo es el exlibris impreso y la dedicatoria manuscrita. Fue, por lo tanto, uno de los muchos libros que el de Reus adquirió en Londres antes de instalarse en el monasterio de origen agustino de Escornalbou, que compró en 1911, y que siguió formando parte de su biblioteca personal después de las muchas donaciones que hizo. Con este libro sobre la mesa, no cuesta imaginárselos frente a la lumbre del salón, escuchando el crepitar de la leña mezclarse con los ruidos que se colaban desde la noche en los agrestes parajes que rodean el monasterio durante los silencios de su discusión sobre el rumbo que tomaba el Institut d’Estudis Catalans, al rememorar amistades comunes algueresas o al bromear sobre los orígenes tarraconenses del apellido del canónigo, procedente de un pueblo a medio camino entre aquel convento y Montblanc, el de la leyenda de san Jorge. Y, a partir de ahí, se afilan las razones del regalo a su «molt estimat mestre y amich»: el sesgo popular del volumen en general (aunque de signo bien distinto al que promovía el manacorino, más atento a la pervivencia real de lo antiguo en lo llano que ocupado en la imaginación de noblezas pasadas como los ingleses, más cara al espíritu neogótico de la Renaixença catalana); o la aparición entre los títulos de Rasselas, la única novela de Samuel Johnson, cuya pasión por la lengua viva tanto recuerda a la del mallorquín. Mientras que las historias de ensoñaciones orientales y quizá el Castillo de Otranto evocan sin dificultad al que también fuera maestro de la primera escuela de biblioteconomía española, la Escuela Superior de Bibliotecarias de Barcelona que auspiciara Eugenio D’Ors, pues quién, sino él, podía saber lo que era estar rodeado de ruinas in the society of one with whom he could for ever indulge the melancholy that had taken possession of his soul.
¡Celebremos, pues, en esta Pascua, el día del libro y el día de san Jorge!
Dr. José Manuel Díaz Martín, técnico bibliógrafo




